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jueves, 11 de diciembre de 2014

J. R. J.

"Juntos oímos los pajarillos lejanos, 
olemos las rosas,
bebemos en la fuente,
callamos,
comemos naranjas,
sonreímos,
miramos las nubes,
nos revolcamos en la yerba;
todo eso que dicen por ahí en las reboticas que no es propio de hombres."

   

sábado, 1 de noviembre de 2014

LXXXVI: El perro atado

   "La entrada del otoño es para mí, Platero, un perro atado, ladrando limpia y largamente, en la soledad de un corral, de un patio o de un jardín, que comienzan con la tarde a ponerse fríos y tristes... Dondequiera que estoy, Platero, oigo siempre, en estos días que van siendo cada día más amarillos, ese perro atado, que ladra al sol del ocaso...
   Su ladrido me trae, como nada, la elegía. Son los instantes en que la vida anda toda en el oro que se va, como un corazón de un avaro en la última onza de su tesoro que se arruina. Y el oro existe apenas, recogido en el alma avaramente y puesto por ella en todas partes, como los niños cogen el sol con un pedacito de espejo y lo llevan a las paredes en sombra, uniendo en una sola las imágenes de la mariposa y de la hoja seca...
   Los gorriones, los mirlos, van subiendo de rama en rama en el naranjo o en la acacia, más altos cada vez con el sol. El sol se torna rosa, malva... La belleza hace eterno el momento fugaz y sin latido, como muerto para siempre aún vivo. Y el perro le ladra, agudo y ardiente, sintiéndola tal vez morir, a la belleza..."


Ocaso: Puesta de sol, o de otro astro, al al transponer el horizonte.
Elegía: Composición poética del género lírico, en que selamenta la muerte de una persona o cualquier otro caso o acontecimiento digno de ser llorado, y la cual en español se escribe generalmente en tercetos o en verso libre.
Avaro: Que reserva, oculta o escatima algo. avaricioso.
Onza: Moneda de oro antigua.
Tornar: Cambiar la naturaleza o el estado de alguien o de algo.
Eterno: Que no tiene ni principio ni fin.
Fugaz: Que huye y desaparece con velocidad. De muy corta duración.

sábado, 25 de octubre de 2014

XCVI: La granada

   "¡Qué hermosa esta granada, Platero! Me la ha mandado Aguedilla, escogida de lo mejor de su arroyo de las Monjas. Ninguna fruta me hace pensar, como ésta, en la frescura del agua que la nutre. Estalla de salud fresca y fuerte. ¿Vamos a comérnosla?

   ¡Platero, qué grato gusto amargo y seco el de la piel, dura y agarrada como una raíz en la tierra! Ahora, el primer dulzor, aurora hecha breve rubí, de los granos que se vienen pegados a la piel. Ahora, Platero, el núcleo apretado, sano, completo, con sus velos finos, el exquisito tesoro de amatistas comestibles, jugosas y fuertes, como el corazón de no sé qué reina joven. ¡Qué llena está, Platero! Ten, come. ¡Qué rica! ¡Con qué fruición se pierden los dientes en la abundante sazón alegre y roja! Espera, que no puedo hablar. Da al gusto una sensación como la del ojo perdido en el laberinto de colores inquietos de un caleidoscopio. ¡Se acabó!

   Yo ya no tengo granados, Platero. Tú no viste los del corralón de la bodega de la calle de las Flores. Íbamos por las tardes... Por las tapias caídas se veían los corrales de las casas de la calle del Coral, cada uno con su encanto, y el campo, y el río. Se oía el toque de las cornetas de los carabineros y la fragua de la Sierra... Era el descubrimiento de una parte nueva del pueblo que no era la mía, en su plena poesía diaria. Caía el sol y los granados se incendiaban como ricos tesoros, junto al pozo en sombra que desbarataba la higuera llena de salamanquesas...

   ¡Granada, fruta de Moguer, gala de su escudo! ¡Granadas abiertas al sol grana del ocaso! ¡Granadas del huerto de las Monjas, de la cañada del Peral, de Sabariego, con los reposados valles hondos con arroyos donde se queda el cielo rosa, como mi pensamiento, hasta bien entrada la noche".
  
Aurora: Luz sonrosada que precede inmediatamente a la salida del Sol.
Breve: De corta extensión o duración.
Rubí: Mineral cristalizado, más duro que el acero, de color rojo y brillo intenso. Es una de las piedras preciosas de más estima, está compuesto de albúmina y magnesia, y es de color más o menos subido, por los óxidos metálicos que contiene.
Núcleo: Pârte central.
Velo: Cortina o tela que cubre algo.
Amatista: Cuarzo transparente, teñido por el óxido de manganeso, de color violeta más o menos subido. Se usa cvomo piedra fina.
Fruición: Goce muy vivo.
Grana: Color rojo.

viernes, 17 de octubre de 2014

TARDE DE OCTUBRE

                      LXXXVIII
 "Han pasado las vacaciones y, con las primeras hojas amarillas, los niños han vuelto al colegio. Soledad. El sol de la casa, también con hojas caídas, parece vacío. En la ilusión suenan gritos lejanos y remotas risas...
  Sobre los rosales, aún con flor, cae la tarde, lentamente. Las lumbres del ocaso prenden las últimas rosas, y el jardín, alzando como una llama de fragancia hacia el incendio de Poniente, huele todo a rosas quemadas. Silencio.
  Platero, aburrido como yo, no sabe qué hacer. Poco a poco se viene a mí, duda un punto, y, al fin, confiado, pisando seco y duro en los ladrillos, se entra conmigo por casa..."
("Patero y yo", Juan Ramón JIMÉNEZ)
Ilustración de Matticchio

viernes, 10 de octubre de 2014

Prologuillo a "Platero y yo"


   “Suele creerse que yo escribí “Platero y yo” para los niños, que es un libro para niños.
No. En, “La Lectura”, que sabía que yo estaba con ese libro, me pidió que adelantase un conjunto de sus páginas más idílicas para su “Biblioteca Juventud”. Entonces, alterando la idea momentánea, escribí este prólogo:
  “Advertencia a los hombres que lean este libro para niños: 
Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para... ¡qué sé yo para quién!... para quien escribimos los poetas líricos... Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien! 
 “Dondequiera que haya niños —dice Novalis— existe una edad de oro.” Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca.
 ¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer!” 


El poeta Juan Ramón JIMÉNEZ
Madrid, 1914 

martes, 7 de octubre de 2014

F. Savater y "Platero y yo"


 
    17 marzo 2014.- EL PAÍS
    "Mi madre fue la encargada de comprarme todos los primeros libros de mi vida, los decisivos: Chesterton, Salgari, Kipling, Julio Verne, Stevenson, Melville… los que han venido luego han sido apéndices o notas a pie de página. Mi padre propiciaba y estimulaba la adquisición de tantos tesoros pero como elección personal sólo recuerdo que me regalase un libro: Platero y yo. Un libro pequeño y fragante, de tapas azules, poco mayor que los de la colección Crisol de Aguilar que tanto me gustaban, con unas pocas ilustraciones de dibujos estilizados. No sé si era una edición completa del clásico de Juan Ramón Jiménez que hoy cumple cien años, desde luego carecía de los prólogos y notas que ahora suelen acompañarlo y quizá abrumarlo un poco. El título sí estaba completo, Platero y yo. Elegía andaluza.Yo sabía que mi padre era andaluz, pero no sabía lo que era una elegía…
   Leí el libro con mi impetuosa velocidad habitual de entonces (ahora sólo leo deprisa los libros que no me gustan) y me dejó desconcertado. En el prólogo para una nueva edición que no llegó a publicarse, Juan Ramón afirma: “Yo (como el grande Cervantes a los hombres) creía y creo que a los niños no hay que darles disparates (libros de caballerías) para interesarles y emocionarles, sino historias y trasuntos de seres y cosas reales tratados con sentimiento sencillo, profundo y claro. Y esquisito”. A mí en cambio me apasionaban entonces y también ahora los “libros de caballerías” —de los que me encanta hasta el nombre— y todos esos disparates que incluyen aventuras insólitas, intrigas, tormentas, piratas, monstruos y aullidos en la oscuridad. Y sin embargo me fascinaron las viñetas en que se cuenta la amistad del borriquillo y el poeta en el decorado cálido del pueblo andaluz, con sus chispazos de gozos elementales y de tibia desolación. A medio camino me salté páginas para llegar al momento temido de la muerte de Platero, ese disgusto inevitable que fue quizá mi primer luto familiar.
Así tropecé por fin con el estilo literario, es decir no con la manera de contar eficazmente algo en sí mismo interesante sino con la forma pura y dura (dos adjetivos que al poeta de Moguer le gustan mucho, por cierto) que despierta interés, cuente lo que cuente. Esa esquisitez, según su peculiar ortografía, en Platero y yo no implica amaneramiento alguno, porque Juan Ramón era poeta cabal también en prosa, aunque en otros he aprendido a temerla luego. “Desde niño, Platero, tuve un horror instintivo al apólogo, como a la Iglesia, a la guardia civil, a los toreros y al acordeón”: comparto sus dos primeros horrores y añado otro, sobrevenido, por los literatos que hacen pagar al lector su esfuerzo en pos de la obra maestra. Pero hoy, volviendo a ese Platero al que no visitaba desde la niñez, me asombra cuantas imágenes me dejó grabadas, como la del poeta enlutado de barba nazarena cabalgando la blandura gris del burro mientras los chiquillos le siguen gritando “¡el loco, el loco!”.

Fernando SAVATER